La dignidad como punto diferenciador del ser humano. (ensayo reflexión)

Como requisito para finalizar mi Diplomado en Antropología Filosófica Contemporánea en el CISAV, desarollé un ensayo con el título "La dignidad como punto diferenciador del ser humano" buscando responder a la pregunta: ¿es el hombre animal o persona?
Espero lo disfruten, y claro, se agraden refutaciones y comentarios al respecto.
Si deseean leer el material en versión PDF pueden hacerlo directamente desde aquí.
Para citar, en APA:
G. Calderón, M. A. (2017). La dignidiad como punto diferenciador del ser humano, de http://bLogdemiguE.com
Sitio web:
Pregunta detonante:
Filosofía de la biología: ¿el hombre es animal o
persona?
¿Cómo respondo a la pregunta?:
La dignidad como punto diferenciador del ser
humano.
- Ensayo final. -
Miguel Ángel García Calderón - miguelangelgc
miguelangel[arroba]garciacalderon.info
Centro de Investigación Social Avanzada,
México (CISAV).
Entrega: Junio 25, 2017
Calificación: Junio 28, 2017
RESUMEN.
Debemos adaptarnos a los tiempos que corren y a la
manera en cómo el ser humano contemporáneo ve y acepta su entorno para explicar
el concepto persona y su relevancia, así como la dignidad intrínseca del ser
humano, pero desprendiéndonos de los antecedentes cristianos que, aunque
válidos, tienen cierta expiración cuando intentamos presentar una justificación
sobre por qué es digno y de dónde viene dicho respeto moral a una persona en
una sociedad en la que ahora más que nunca "Dios ha muerto".
Y aunque pretendo abordar a la persona y al ser
humano como conceptos separados, por más que en la actualidad sean empleados
como sinónimos, me centraré en la dignidad, algo que, dicho sea de paso,
siempre se le ha atribuido per se al
ser humano por el simple hecho de ser persona garantizando con ello cierto tipo
de derechos inherentes a su naturaleza, aunque reconociendo la existencia de
grados diversos de dignidad propios de la conducta individual del hombre con
diferentes tipos de privilegios o garantías.
INTRODUCCIÓN.
El mundo actual nos exige dar respuestas a las
preguntas existenciales y tradicionales de la filosofía desde una óptica laica,
no porque las definiciones con un acercamiento divino estén mal sino porque no
son adecuadas para un mundo que experimenta la secularidad de una forma
relevante.
La idea de ser “imagen
y semejanza de Dios” es una acepción quizá aceptada (por cultura), pero con
la que no se comulga, porque vivimos en un ambiente donde pensar en lo divino e
incluso en lo trascendental es algo caduco y carente de relevancia. Y es por
esto que necesitamos definir al ser humano, y a la persona, como entes dignos no
únicamente por ser hombre o mujer, ni por ser “hijos de un dios” sino desde una antropología si bien no atea, sí
con una visión más integral y acertada para la sociedad del siglo XXI, y
generaciones venideras.
Además, debemos de aceptar, como pensadores, que no todos quieren-piensan-creen en lo que
comúnmente se le conoce como trascender. Y bajo esta premisa tenemos que
enfocar nuestro trabajo y reflexión ya que universalizar conceptos e ideas no
es lo idóneo, y más porque hablamos de personas, de seres individuales con naturaleza racional (parafraseando un poco a
Boecio, 1979).
Y aunque pretendo abordar a la persona y al ser
humano como conceptos separados, por más que en la actualidad sean empleados
como sinónimos, centraré mi punto principalmente en la dignidad, algo que,
dicho sea de paso, siempre se le ha atribuido per se al ser humano por el simple hecho de ser persona
garantizando con ello cierto tipo de derechos inherentes a su naturaleza,
aunque reconociendo la existencia de grados diversos de dignidad propios de la
conducta individual del hombre con diferentes tipos de privilegios o garantías.
¿Por qué la dignidad?
Porque siempre se le ha visto al ser humano
proveído de cierta sancrosantitud
hacia él, con los otros, con su cuerpo poniendo énfasis en la esfera sexual
porque con ella logra una conexión íntima con la persona humana espiritual.
“Homo homini
res sacra est”, “el hombre es una
cosa sagrada para el hombre”. La frase, romana, nos despliega el valor
moral de la persona humana y cómo el atentar contra ella se convierte
automáticamente en un hecho inmoral.
Anselmo de Canterbury (1070) menciona que con esta
inviolabilidad moral la persona se merece la dignidad como una consecuencia y motivo
de que el hombre es imagen de Dios; es decir, ve al hombre de una manera
similar –aunque no igual– a Dios. Y será esta relación con lo que es
absolutamente perfecto (Dios) lo que santo Tomás de Aquino usará en su Summa para explicar el origen del
concepto persona.
De esta manera, creo que debemos adaptarnos a los
tiempos que corren y a la manera en cómo el ser humano contemporáneo ve y
acepta su entorno para explicar el concepto persona y su relevancia, así como
la dignidad intrínseca del ser humano, pero desprendiéndonos de los
antecedentes cristianos que, aunque válidos, tienen cierta expiración cuando
intentamos presentar una justificación sobre por qué es digno y de dónde viene
dicho respeto moral a una persona en una sociedad en la que ahora más que nunca
“Dios ha muerto”.
DESARROLLO.
La Edad Media se caracterizó por el teocentrismo,
interpretando al hombre con y por su relación con Dios, viéndolo como imagen y
semejanza suya y por ende con capacidades de inteligencia y con potencial de
poder amar.
Esta idea, dio paso, con el tiempo, al concepto de
persona (prosopón), como un ser-vivo
capaz de pensar, querer y sentir; algo con una importancia intrínseca superior
a los seres que no tienen conciencia alguna.
Por su parte, Tomás de Aquino, definió a la persona
como “lo más perfecto de toda la
naturaleza”. Y, en la medida que avanza el tiempo –y los pensadores–,
encontramos cómo la conciencia, algo único y propio del ser humano, forma parte
medular del concepto persona. Una característica exclusiva del hombre por el
hecho de ser imagen de lo divino.
Y es así como se da origen al concepto de la
dignidad. Algo inherente al ser humano, que el Catecismo de la Iglesia Católica
señala en su punto 1700 como una característica enraizada en el ser humano por
ser creación a imagen y semejanza de Dios.
Es ya hasta mediados del siglo XX que la dignidad
comenzó a ser considerada bajo una óptica más universal ante los resultados de
la Segunda Guerra Mundial en 1948 como un anhelo de que nunca más se volvieran
a repetir actos tan deshumanizantes como los experimentados en los campos de
concentración.
Y será con el reconocimiento jurídico que obtiene
la dignidad humana en la Declaración Universal de los Derechos Humanos (el 20
de diciembre de 1948) que el concepto comienza a ser un poco secularizado,
aunque mantiene sus raíces judeo-cristianas y eso, a su vez, no la exime de
alcanzar la universalidad que se pretende.
Blanca Castilla de Cortáza rescata en su trabajo
que esto no es garantía de nada. Ya que, sostiene ella, sin una adecuada
fundamentación, la dignidad –y los derechos– no alcanzan a ser universalmente
reconocidos porque se prestan a la interpretación.
Por esto es necesario cimentar la concepción y
acepción de la dignidad, como ente diferenciador de animales y personas, en
aspectos aún más trascendentales que el anhelo por lo perdido (al momento de la
Segunda Guerra Mundial) o por el mero hecho de ser creaciones por un ente
divino.
Scharwz señala que la raíz de la dignidad de la
persona se encuentra en su realidad substancial, es decir, que posee dicha
virtud por el mero hecho de ser persona.
Con esto, ¿qué nos quiere decir?
Que debemos de sustentar el concepto de dignidad, y
por tal el diferenciador de la naturaleza humana de la animal, con aspectos más
profundos, tal como señala Kant: "obra
de tal modo que no trates nunca a tu persona y a la de los demás como un medio
y no al mismo tiempo como un fin".
Kant defiende en su enunciado el respeto hacia el otro.
Un respeto que debe de ir en línea con el que te das a ti mismo, y por tal
podríamos llamarle, tener un trato digno e igual entre los de la misma especie
en pro de cuidarnos entre nosotros mismos.
Sí, leer la palabra especie referida a la persona
humana suele ser algo molesto o incómodo, pero creo, al menos personalmente,
que al mismo tiempo que reconocemos que todos los hombres (y mujeres) tienen
una dignidad, por ser persona, y que esta es única, irrepetible e
intransferible debemos de aceptar, como habitantes de un planeta, y miembros de
un sistema planetario, que somos una parte minúscula de un Cosmos y por tal,
miembros de una especie más del Planeta Tierra.
Una clase única, con capacidad de raciocino e
introspección, pero al fin de cuenta, una especie más del planeta.
Pero, retomando el punto de que las personas somos parte
de una especie, podremos entonces sustentar y apoyar la noción de la protección
a la dignidad humana desde su concepción hasta la muerte ya que un embrión,
carente de raciocinio, es un organismo perteneciente a la
especie humana; al igual que las personas con algún tipo de discapacidad
cognitiva, y por tal, con el mismo grado de dignidad que cualquier otro hombre.
¿Entonces somos igual que un animal?
No.
Con el reconocimiento y aceptación del punto
anterior propongo simplemente que admitamos con humildad que la joya de la creación no somos nosotros.
Que el Planeta Tierra no se hizo para use y disfrute del ser humano y que
debemos, por tal, que saber interactuar, aceptar y socializar con los demás
miembros que conforman el ecosistema de éste
diminuto punto azul en el espacio.
Joseph Ratzinger (2010) señala que la dignidad “no está
en función de la utilidad de la acción de alguien, de su fuerza, belleza,
inteligencia, riqueza o salud. La dignidad se tiene sólo por existir y habla
del inmenso valor del hombre y de cada hombre, por muy pobre, débil o sufriente
que sea, lo que implica el acogimiento de toda vida humana, desde el momento en
que se anuncia hasta el momento en que se apaga”.
Y es aquí dónde surge nuestro punto diferenciador
de la vida del planeta con nosotros.
Tenemos una vida racional consiente, sabemos lo que
hacemos y por qué lo hacemos, e incluso si eso que hacemos es correcto o
incorrecto. El único error que hemos arrastrado, como parte de un mundo
culturalmente cristianizado, es que creemos y nos la creemos que somos la parte
más importante de la Tierra, del Universo.
No es así.
Robert Spaemann señala dos principales tendencias
en lo que respecta a la búsqueda y aceptación de la dignidad de una forma más
universal. Él sostiene que existen algunos expertos que definen que la dignidad
debería de ser un tipo de reivindicación del hombre en el sentido de su
pertenencia a la especie homo sapiens, es decir, tras aceptar determinadas
características propias de su naturaleza. Para otros, por su parte, esta
reivindicación se concede de forma recíproca al crearse sistemas de derechos
que legitiman, o no, tales lineamientos.
El primer grupo, la posición iusnaturalista, resalta mi punto anterior.
En la medida en que nos sintamos parte de un todo, de una especie,
podremos ir reconociendo nuestros derechos inherentes y, sobretodo, al
conceptualizarlos sin apoyo de una entidad divina, podremos abarcar a un todo,
a la totalidad de seres humanos, que no necesariamente comulgan con la idea de
un Creador.
CIERRE.
Debemos olvidarnos, o más bien dejar en segundo
plano, la dignidad con el triple fundamento que da la cristiandad: su origen divino, su calidad de imagen y
semejanza de Dios, su finalidad en el Creador ya que aunque soporta y sigue
siendo una idea válida para nuestros días, el mundo es mayoritariamente
judeocristiano, los tiempos actuales corren a una velocidad secular, en donde
la acepción divina, de algo divino, pasa a un parámetro terciario porque
simplemente no se quiere creer en Algo más allá que ellos mismos.
Y eso
no puede ni debe de ser una limitante para apostar y promover lo inherente que
es la dignidad.
Ser
persona, por tanto, no es algo agregado ni una característica o cualidad, es la
forma de existir, de ser. Esto intentó hacer énfasis la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, aunque matizadamente por el hecho de no haber emanado
propiamente de postulados filosóficos sino solo ante el horror de la guerra.
El
hombre es un ser responsable, sometido a exigencias morales que pueden codificarse
y aceptarse de forma consiente. Su vida racional es el actus de su existencia personal y por tal, lo propio y exclusivo de
su ser humano que le hace único, pero
al mismo tiempo, responsable de su entorno, de quiénes viven en dicho contexto
y, sobretodo, del trato que se debe a sí mismo y a los demás.
Así
mismo su conducta, moral, no está –no puede ni debe ser– limitada a aspectos
tan vagos como la conciencia o el temor de Dios. Terriblemente, aún hoy en el
siglo XXI, muchos creen y sostienen que una persona es menos buena, o no puede serlo, si entre sus creencias se encuentra
carente la idea de un dios.
Si bien
Dios, el concepto judeocristiano, forma parte medular de los valores y
costumbres aceptados como “buenos”, la falta de la creencia en Él no puede ni
debe ser condicionante para creer que el ateo no es una buena persona, ni
alguien con menos dignidad ya que no se reconoce “hijo de Dios”.
Ser
persona va más allá de las creencias e incluso del poder de raciocinio o
conciencia de los individuos. Ser humano es algo inherente de nacer o
concebirse como homo sapiens, es un algo
que no se gana ni se obtiene, es un valor con el que se nace y que al mismo
tiempo no nos hace más que otros, simplemente, nos permite reconocernos como
parte de un todo con ciertos valores y derechos pero a su vez debe de
permitirnos e involucrarnos a respetar no únicamente a mi yo semejante (otros de mi especie) sino, en un acto de humildad y
tolerancia, a aquellos que no son como nosotros (animales, vida vegetal).
Es
aquí, cuando demos este salto consiente, que nos demostraremos realmente como aquellos
habitantes especiales del Planeta.
Recuperado: julio 07, 2017.
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